Cuando visité la tostadora de mi barrio, me fui con los apuntes del curso, la cámara y todas mis preguntas bajo el brazo. Me acogieron sin preguntar siquiera quien era yo o de dónde venía y disfruté como una niña en la fábrica de juguetes de Papa Noel.

Yo preguntaba a Pablo, el joven maestro tostador, con miedo, no fuera a despistarse y quemáramos el café. Pero a pesar de estar concentrado y pendiente de todo iba respondiendo encantado a mis preguntas. Sacaba la cuchara de tostador para que viera como los granos de café cambian de color y para que oliera la evolución de los aromas. Al cabo de varias tandas y preguntas, justo antes de abrir la puerta, me miró y me preguntó ”¿Tienes ya la foto del café saliendo recién tostado?” ”No. ¡Pero no abras todavía! ¡Espera que enfoque!

Inmediatamente me di cuenta de mi ingenuidad. “Perdón ¡Eso es lo último que se puede pedir a un café listo para salir y enfriarse!” Que vergüenza. Pero Pablo sonrió y esperó unos instantes. “¡Ya!” El abrió la puerta y yo hice esta foto mientras pedía mil disculpas y el seguía sonriendo.

Sigo pensando que son las personas las que hacen tan especial la tercera ola del café. Soy muy afortunadade de haber podido compartir el saber de un maestro tostador. Gracias a Henrik por abrirme las puertas de su tostadora con tanta generosidad y gracias a Pablo tan feliz de compartir conmigo sus conocimientos.